Año II - Nº 97 - Uruguay, 24 de setiembre del 2004
  1 Campaa Mundial Seguridad en la Red
 
- El Terrorismo nuclear, un tema preocupante
- Así Somos:
1.- El Desafío ya es patrimonio oriental
2.- Día del Patrimonio Histórico
- Día del Patrimonio: Los picapedreros de San Miguel
- Algunas nuevas utopías
- Un atardecer sobre el Río Uruguay
- Don "Coco" García, El hombre que dominó la piedra
- Trabajar en Uruguay
- El día después

- Tarea Cumplida

- La fábrica de Aceite Butiá
- De Carne y Sal...
- Una mala democracia para una mala educación
- "El círculo vicioso de la estupidéz colectiva"
- Ecos de la Semana
- Pánico Escénico
- Anécdotas Bancarias: Zona Restringuida
- Noticias de España
- Hurgando en la Web: El Mercosur
- Chairando Ideas: A la Primavera de Dolores
- Dimes y diretes de la política
- Migración a Australia por nominación de un patrón
- Exoneración Impositiva a FUNSA
- Bitácora Política
- Bitácora Uruguaya
- Información Ciudadana
- La Cocina Uruguaya
- Rincón de Sentimientos
- El Interior también existe
- Olvidémonos de las Pálidas
- Las Locuras de El Marinero
- Cartas de Lectores

1 Campaa Mundial Seguridad en la Red

 
Educación y democracia:
Una mala democracia para una mala educación
por Germán Queirolo Tarino

Hacia principios de la década del sesenta, varios acontecimientos signaron radicales cambios en la concepción que los uruguayos tenían de su sociedad y de si mismos.

Junto con la primera Carta de Intención, se escuchaba el silbido de las primeras balas.

La Revolución Cubana, vista con la particular óptica de los marxistas del sur, provocó la precipitó la devaluación de la democracia y su calificación como “burguesa” ante los ojos de buena parte de la intelectualidad que hasta entonces, había colaborado a sostenerla. Por otro lado, en poco colaboraban muchos de los auto-proclamados demócratas, que se ocuparon de sembrar el miedo al oso soviético, a la vez que enriquecían sus bolsillos con la especulación financiera y el acaparamiento de productos básicos. La tolerancia, como valor básico de nuestra estructura social, se degradaría simultáneamente con el prestigio de la clase política. Un importante número de dirigentes de ambos partidos tradicionales, se vería envuelto en episodios de corrupción, y el clientelismo, mirado hasta entonces con cierta benevolencia por la clase media, y moneda de cambio habitual en los clubes políticos, pasaría en pocos años de pecadillo a dolo cívico.

Retrospectivamente, produce vértigo percatarse de la velocidad a la que se deterioró la convivencia. Una sociedad paternalista, donde las clases sociales se miraban entre si con condescendencia, se polarizó hasta el extremo del odio en menos de diez años. Mientras que el patrón pasó a oligarca, el obrero se devenía en mersa, y las máscaras con las que unos habían ocultado a los otros sus recelos y resquemores, cayeron dejando a la vista la más pura de las furias.

La aparición del Frente Amplio como opción electoral para una izquierda legendariamente dividida por sectarismos y personalismos, acogiendo a la vez a unos cuantos dirigentes de los Partidos Tradicionales que ya no encontraban dentro de ellos un nicho adecuado a sus propuestas, vino a mitigar en cierta forma el enfrentamiento. El nuevo partido de izquierda, fue desde el puntapié inicial, poli-clasista, por lo que a la vez de canalizar la opinión de muchos militantes decididos al enfrentamiento social, también hizo las veces de amortiguador entre las clases enfrentadas, proporcionando a su vez una válvula de escape dentro de un marco cívico, a individuos que de no haber tenido ese asidero, habrían apelado a la lucha armada como opción de cambio.

La sociedad civil de alguna manera tendía a recomponer la convivencia pacífica, a la vez que los militares convocados por el gobierno, ponían fin a la actividad guerrillera. El golpe de Bordaberry, por demás innecesario, puso fin a un proceso de recomposición del tejido social y político de la república, que hubiera sido mucho más sano y natural.

La década del sesenta, marcó el apogeo de la intolerancia política dentro del marco institucional. La otra intolerancia, la que vendría tras el golpe de estado, si bien se manifestó en torturas y asesinatos, no puede considerarse como una manifestación de la sociedad en su conjunto sino un episodio dirigido por sujetos que a si mismos se veían por fuera del tejido social y que del mismo modo, eran percibidos por una población inerme que no dejaba de apelar a subterfugios varios para mostrarles el rechazo.

Pero aún así, la dictadura no vino sola. Ni fue una consecuencia directa de la lucha armada como sostienen algunos analistas.

La dictadura fue la expresión institucional tardía de la intolerancia que la sociedad había elegido en su conjunto como opción conciente, con un fuerte componente traído desde el exterior en directa relación a los deseos del Departamento de Estado.

Bordaberry era el tipo ideal para expresar esa intolerancia, devenida a desprecio por las instituciones democráticas. Desprecio compartido por sectores de la izquierda, que por entonces, eran mayoritarios entre los partidarios de esa opción política.

Los acérrimos partidarios de la izquierda y la derecha, veían en la democracia, un obstáculo para la concreción práctica de sus ideas en el plano económico y social. Para unos, no era más que el mecanismo que utilizaban las clases dominantes a los efectos de perpetuarse en el poder. Para los otros, no era más que un dinosaurio inútil, que acarreaba una enorme inercia e imposibilitaba la el desarrollo de sus aspiraciones. Y por cierto que ambos tenían algo de razón.

La democracia a la uruguaya, estaba absolutamente agotada y cuando Bordaberry se tomó la molestia de darle el empujón final, pocos fueron los que se tomaron el asunto demasiado a pecho. La gran mayoría, se encogió de hombros y la dejó morir en la mayor indiferencia.

¿Qué hizo caducar de esa manera a una de las democracias más duraderas y estables de Sudamérica?

Varios pueden ser los motivos y otras tantas, las interpretaciones. Pero sin duda, la educación fue uno de los principales.

Batlle y Ordóñez, tenía claro que la política no era asunto de elites, sino que por el contrario, debía ser el negocio del conjunto de la sociedad. Pero los mecanismos institucionales y para institucionales diseñados por el estadista a los efectos de repartir entre todos los uruguayos, la responsabilidad de llevar adelante los asuntos de la república, debieron enfrentarse a la desidia de aquellos que optaron por cuidar de su propio ascenso social, delegando en manos de terceros, el manejo de su destino. Con escasas excepciones, la única manifestación de la democracia uruguaya, era el voto. Los Clubes Seccionales de Don Pepe, se convirtieron en agencias de empleo mientras que los electores, vendían su voluntad al mejor postor y el empleo público, se convertía en el paradigma de la sociedad. El servir al estado de los primeros batllistas, se convirtió en pocos años, en “servirse del estado” y las tendencias socialistas del Batllismo original, se convertían en una expresión de paternalismo que se agotaría ni bien se agotaran los recursos de los cuales el estado se nutría.

Mientras el estado contó con los recursos como para mantener el bienestar de los ciudadanos, la izquierda tuvo pocas oportunidades de cuestionar el funcionamiento de la democracia. Motivos no le faltaban, pero el carácter ideológico de los mismos, se veía mitigado por la fuerte adhesión de la gente a un sistema que le solucionaba los problemas sin pedirle a cambio que se preocupara demasiado por las formas. El clientelismo, criticado desde los partidos “de ideas” era aceptado por las masas que veían en la obtención del empleo público, la panacea que te ponía a cubierto de todos los males. Como niños bien, nos acostumbramos a un estado que nos sirviera y por si esto fuera poco, comenzamos a ver el soborno como algo normal. Y de soborno en soborno, ora vendiendo votos, ora obteniendo derechos como si fueran favores, fuimos haciendo de la democracia una cuestión de formas vacía de contenido. En los hechos, vivimos una dictadura benévola que duró desde la restauración democrática del 42 hasta la ruptura de la convivencia en los sesenta. Cuando no hubo más dinero para financiar la benevolencia, la solución fue caminar unos añitos por el filo de la institucionalidad, durante el gobierno de Pacheco y luego, pasar a la dictadura descarnada de los traidores de verde que pisotearon lo que habían jurado defender.

La lucha armada de la izquierda y su contracara fascista en los sesenta, fueron una especie de berrinche mediante el cual, ese chiquilín maleducado que era el pueblo uruguayo en su conjunto, manifestó su ira por el agotamiento del estado benefactor. Queríamos más dictadura benévola, y lo demostramos, primero votando a los blancos que durante décadas habían criticado la política paternalista batllista y lo hicimos como el pibe que le levanta la voz al padre cuando le niega unos pesos para el baile. Luego, cuando los blancos poco pudieron hacer por revertir la caída libre de la economía, comenzamos el berrinche en serio, pateando los muebles y agarrándonos a las piñas con nuestro hermano. Es triste pensar que los dirigentes batllistas, actuando en una forma harto diferente a la que Don Pepe había planificado, mantuvieron al pueblo uruguayo en un permanente estado de infantilismo cívico, y mala educación social. Cuarenta años llevándonos el desayuno a la cama y diciéndonos, que, como y cuando, nos convirtieron en palurdos que apenas si manteníamos una democracia hecha a nuestra imagen y semejanza. Jugamos a la democracia mientras que esta nos aseguró el puchero. Luego, la tiramos alegremente a la basura.

(Continuará)