
Paloma mía, que anidas
en los escondrijos del barranco,
déjame ver tu rostro,
permíteme oir tu voz,
en los huecos de la peña,
porque tu voz es dulce
y amoroso tu semblante.
¡Cazadnos las raposas,
las raposas pequeñitas
que destrozan las viñas,
nuestras viñas en flor!
Mi amado es para mí
y yo soy para mi amado
que apacienta el rebaño entre azucenas.
Antes que expire el día
y se alarguen las sombras,
¡vuelve, amado mío, como un gamo,
como un pequeño cervatillo,
por las colinas perfumadas!