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Los niños esclavos de Latinoamérica
Leovani García (Argenpress)
La esclavitud, el trabajo doméstico, la prostitución y la pornografía son, entre otras, formas extremas de explotación a la cual están sometidos 17,4 millones de niños y niñas de América Latina y el Caribe.
Los estudios e investigaciones de organismos internacionales revelan que la explotación de menores, lejos de disminuir, crece en esta región, debido al alza de los niveles de pobreza, la insuficiente educación y la falta de programas sociales destinados a paliar la situación de millones de familias desamparadas.
Estadísticas del Fondo de las Naciones Unidas para la Educación y la Infancia (UNICEF) y de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reflejan que junto a Asia, con 127 millones de pequeños de entre 5 y 14 años, Latinoamérica figura entre las zonas de mayor concentración de niños esclavos.
A modo de ejemplo, en Perú laboran en trabajos forzosos unos 50.000 pequeños, mientras en Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, lo hacen 120.000 muchachos de entre siete y 17 años, en su mayoría indígenas (quechua y aymaras).
Estos niños, cuya esperanza de vida no supera los 45 años, reciben un salario de un 80% menor que un adulto y son utilizados en trabajos en el interior de las minas, incluso en la manipulación de dinamita.
A pesar de las restricciones internacionales y de que 26 países del continente ratificaron la convención de la OIT para la erradicación de las peores formas de trabajo infantil, la explotación se extiende, pues en muchas familias los menores son vistos como una fuente de ingreso ante la agobiante miseria.
Según la UNICEF, el aumento en Argentina de los niños explotados creció seis veces en los últimos ocho años y se acerca a los dos millones, mientras en Chile, donde el gobierno se congratula del ascenso de su economía, el 64% de los pequeños que trabajan integran el grupo del 40% más pobre de la población.
Las propias instituciones foráneas estiman que el número de menores explotados podría ser superior, pues sus estadísticas no son precisas y un tercio de los nacimientos que ocurren en el planeta (40 millones de niños) no se registra, lo cual impide determinar su edad y evitar su explotación.
Tampoco, se cuentan con datos fiables de las niñas que son empleadas en servicios domésticos y que son víctimas con frecuencia del maltrato físico, psicológico y sexual.
Según las Naciones Unidas, América Latina y Asia son las mayores regiones proveedoras de menores a las redes de tráfico internacional, con cifras ascendentes a cerca de un millón.
Los traficantes se dedican al secuestro de infantes o se aprovechan de creciente desigualdad existente las naciones latinoamericanas, donde con falsas promesas de una vida mejor logran arrastrar a niños al bajo mundo de la prostitución.
Entre los lugares denunciados por la UNICEF y la OIT figuran campamentos mineros de Brasil, centros turísticos de Costa Rica, playas de República Dominicana o la ciudad del Cusco, en Perú.
Un estudio sobre Honduras, de una entidad no gubernamental, denunció que ese país existen 164 prostíbulos donde se encontraron 1.059 niños explotados sexualmente, 50 de ellos varones.
La lucha contra este mal se hace cada día más difícil, pues los explotadores utilizan las nuevas tecnologías de la comunicación, como Internet, para promocionar el sexo con menores.
En opinión de expertos, mientras se agudice la pobreza, sea más difícil el nivel de acceso a la educación y no se apliquen programas sociales, ni las leyes podrán detener la expansión de las diversas formas de explotación infantil.