Año II - Nº 87 - Uruguay, 16 de julio del 2004
  1 Campaa Mundial Seguridad en la Red
 
- Todo viene del norte
- Club Social Ansina de Castillos
- Auschwitz
- El continuismo de Abreu
- El cinismo y la hipocresía (segunda parte)
- Tres Historia de Tres Emigrantes
- Profesiones del Pasado
- Las ocurrencias del Presidente

- Australia... la de todos

- Llega el tren, viene la cultura
- La Fiebre
- Grageas de Optimismo
- La manzana, el termo y el mate
- Así Somos
- Anécdotas Bancarias: La mancha acusadora
- CEBOLLATI: "Un juez de película"
- Restaurante Uruguay busca adicionista
- Noticias de España
- Del orígen e historia de las piñatas
- Hurgando en la Web
- ¿Cómo se atreve?
- Chairando Ideas: ¿Hacer o no hacer?
- El doble discurso
- Qué linda que era... Venezuela
- La Haya, ¿Por qué no se calla?
- Del histerismo y otras yerbas...
- Bitácora Política
- Información Ciudadana
- La Cocina Uruguaya
- Rincón de Sentimientos
- El Interior también existe
- Olvidémonos de las Pálidas
- Las Locuras de El Marinero
- Correo de Lectores

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Mil cosas han sucedido durante toda una vida de trabajo. Sucesos jocosos, de irresponsabilidadtonterías, en fin, aconteceres que palpitan sentimientos y actitudes.
En una anécdota nos toca ser héroe, y en la historia siguiente somos infractores, representamos la inocencia y al instante conformamos el personaje que ha transgredido disposiciones superiores.
El anecdotario debe ser así, no con ánimo de sobresalir, sino con ánimo de ser sincero. Las cosas sucedieron y así las contamos. Aquí van mis historias, muy sencillamente narradas, en las que me tocó intervenir en todo el espectro de actitudes.
Los personajes que en ellas intervienen son reales, a veces son nombrados pero muchas veces he preferido dejarlas en el anonimato o con nombres supuestos, totalmente seguro de que al leerlas, cada uno de ellos verá y comprobará la sinceridad de mis narraciones.

LA MANCHA ACUSADORA

- Pase, joven, me indicó muy amablemente la señora.
Yo debía entrevistar a su esposo y él enseguida me atendería.
Era en el Paso Molino, una casa muy humilde pero muy ordenadita y decorosa. Me dejó solo, sentado junto a la mesa del comedor, deposité mi libreta y mi Parker que hacía poquitos días me habían regalado, sobre ella y no pude menos que observar el entorno.
Un primoroso mantel blanco, níveo, tejido en crochet, de aquellos que siempre fueron el orgullo de nuestras abuelas y que presentaba unas espléndidas flores grandes, delicadamente diseñadas. La lapicera estaba sin su capuchón, por mi costumbre de llevarla en la mano, y sin que yo me diera cuenta, se enganchó la pluma en uno de los hilos almidonados del mantel. Tal vez pasaron dos minutos pero me quise morir cuando vi la mancha de tinta sobre el mantel. ¿Qué hago?, pensé a toda velocidad... quería escapar de allí, pero también quería dar las explicaciones del caso. Como primera medida, tomé un cenicero grande de cerámica que estaba allí cerca y cubrí aquella mancha acusadora, tratando de ganar tiempo y pensar...
- Ya vuelvo, señora, dije en voz alta,- voy hasta el comercio de al lado para recoger otra información ...sentí que me decía:
-...Vaya nomás.
Cuando volví, porque lógicamente yo tenía que volver, no acepté de ninguna manera la idea de borrarme, me atendió el esposo y también me hizo pasar. Aprovecharía para confesarme...
Quedé lívido y casi me caí de espaldas cuando vi el cenicero en su lugar original... y allí, aquella enorme mancha que me rompía los ojos y el corazón. El señor no me dijo nada... hablamos...y finiquitada mi tarea le pedí que llamara a la señora...tenía tantas faltas cometidas simultáneamente que no sabía por cuál comenzar...era muy dura mi situación, pero yo quería dar la cara.
- Señora,- dije, y sentí que la vergüenza me llenaba los ojos de lágrimas... – quiero que sepa que no quise ocultar la mancha al taparla con el cenicero, no quise huir al salir casi corriendo...yo sé lo que vale su mantel...es tan bonito...permita que yo lo lleve a mi casa...y lo hago lavar y planchar...(qué estaba diciendo, mira si me va a dar el mantel)...Por favor señora, le dejo mi reloj... mi lapicera delincuente...
- Vaya tranquilo, joven, no se preocupe, yo lo arreglo.
Cuando había ya pasado todo, yo me reía de mí mismo porque recordé que salí reculando y haciendo reverencias, tal vez una forma inconsciente de demostrar mi arrepentimiento.
La pobre mujer, y con toda la razón del mundo, debe estar furiosa conmigo hasta el día de hoy...